A las cinco de la tarde Ambrosio Carab?n, por?tero segundo o tercero (no lo s? bien) de esta ilustre escuela literaria, cerraba la gran puerta verde de la fachada oriental, y, despu?s de me-terse la llave en el bolsillo, se quedaba contemplando al propietario de la c?tedra de Literatura general y espa?ola, que bajaba, bien envuelto en su gab?n ceniciento, por la calle de Santa Catalina. Carab?n, es casi seguro, pensaba a su manera: -?Y que este insignificante, que ni toga tiene, me obligue a m?, con mis treinta a?os de servicios, a estar de plant?n toda la tarde porque a ?l se le antoje tener clase a tales horas en vez de madrugar como hacen otros que valen cien veces m?s, seg?n lo tienen acreditado! Si el propietario de la c?tedra de Literatura general y espa?ola hubiera o?do este discurso probable de Carab?n, se hubiera vuelto a contestarle: -Amigo Ambrosio, reconozco la justicia de tus quejas, pero si yo madrugara ?qu? ser?a de m?! D?jame la soledad de mis ma?anas en mi lecho si quieres que siga tolerando la vida. Me has llamado in?significante. Ya s? que lo soy. ?Ves este gab?n? Pues as?, del mismo co?lor, soy todo yo por dentro: ceniza, gris. Soy un fil?sofo, Carab?n. T? no sabes lo que es esto: yo tampoco lo sab?a hace alg?n tiempo cuando estudiaba filosof?a y no sab?a de qu? color era yo. Pues s?: soy un fil?so?fo y casi casi un naufragio de poeta (no te r?as)... y por eso no puedo, no debo madrugar. En cuanto a que mi c?tedra te estorba, te molesta, lo admito: me lo explico. Tambi?n me estorba, tambi?n me molesta a m?. Intriga con el Gobierno para que me paguen sin poner c?tedra, y habr?s hecho un beneficio al pa?s, a ti mismo y al propietario de esta asignatura, que ni t?, ni yo, ni los estudiantes sabemos para qu? sirve. Pero el no madrugar es indispensable: por eso, por eso es por lo que deb?an pagarme a m