Martínez, un oficinista, se dirige a Mariano, compañero de infortunio laboral y protagonista de la obra de Carlos Muñiz: «A los grillos nadie les hace caso y, sin embargo, fíjate cómo se les oye en el silencio del campo..., pero nadie les hace caso. (Encogiéndose de hombros) ¿Para qué, si aunque se desgañiten sabe todo el mundo que no muerden? Luego llega el otoño, y se mueren... ¿Se mueren o no se mueren?».
Los dejan morir, en silencio. Sin necesidad de recurrir a la violencia, por simple desatención. Como ocurre con Mariano y el propio Martínez. Grillos que pueden hacer ruido, protestar, lamentar, exigir, imaginar un futuro..., hasta que consumen sus escasas fuerzas sin conseguir nada. Ni en el trabajo ni en su propia «casa pobre». Todo es rutina de un tiempo estancado. Sólo ellos, gracias a un mediocre autoengaño que invita a la compasión, son capaces de creer en la eficacia de su sonido, tan monocorde como inútil.
Carlos Muñiz fue capaz de escucharles. Con sensibilidad y la disposición de quien está dispuesto a recrear las experiencias cotidianas de unos seres solitarios, aunque permanezcan en compañía de otros. No era un empeño sencillo en 1955, ni en ninguna otra época con mayor libertad de expresión. Tampoco transformar ese sonido en una obra con suficientes puntos de interés para atraer al público, acostumbrado a otros acordes más espectaculares.
Lo consiguió. Al menos dejó el testimonio de que era posible, aunque fuera en las peculiares condiciones de un teatro de cámara y ensayo, uno de aquellos de representaciones limitadas y espectadores con nombres y apellidos. El público respondió con aplausos y felicitaciones. La crítica fue positiva y atenta con quien despuntaba como un joven valor. Los reconocimientos: los habituales en estos casos para una generación tan premiada como poco representada.
Carlos Muñiz nos da en El grillo un testimonio de su juventud, pasada en oficinas que imaginamos siniestras al modo codornicesco y rodeado de sujetos parecidos a su Mariano. Pero el valor documental del mismo no cabe relacionarlo con detalles como las quinientas pesetas mensuales que gana el protagonista, las cuatro mil que cuesta el dormitorio para su casadera hija o las diez mil con que le corrompe su hermano Lorenzo. Estos detalles son, desde nuestra perspectiva, curiosidades. Lo sustancial del testimonio está en la propia voluntad creativa de Carlos Muñiz, un joven que, en aquella España de 1955, se siente obligado a trasladar a los escenarios unos personajes sin esperanzas, mediocres, anónimos y abocados al fracaso. http://goo.gl/WxcIS